SALMO 135. IDOLATRÍA PELIGROSA

Los ídolos de los gentiles son plata y oro,
hechura de manos humanas:
tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,
tienen oídos y no oyen,
ni siquiera hay aliento en su boca.
¡Sean como ellos sus fabricantes,
los que confían en ellos!

Una de las máximas en antropología es que los pueblos se moldean a la imagen de los dioses que adoran. De este modo, pueblos que veneran deidades guerreras son belicosos y sanguinarios y carentes de piedad.

El dios que adoremos moldeará y configurará nuestro carácter y personalidad. Al hablar de dios, lo hago en el sentido amplío, no únicamente en el sentido religioso. Martín Lutero, el reformador alemán, afirmaba que dios es cualquier cosa que ocupa el primer lugar en nuestro corazón.

Con esta definición tan amplia no debería ser excesivamente difícil identificar qué o quién es nuestro dios. Una vez identificado, podemos pensar en las consecuencias de moldearnos a la imagen de ese dios. Nuestra deidad, aunque nos declaremos nominalmente seguidores de Jesús, puede ser el dinero, el poder, el sexo, el control, el trabajo, la influencia, la posición, la iglesia, la denominación, y un largo etcétera que sería imposible de mencionar.

¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿Qué influencia está teniendo sobre nuestra vida, personalidad, carácter, prioridades, estilo de vida en general, el dios al que adoramos? Asegurarnos que tenemos centrada nuestra adoración en el objeto correcto es una cuestión vital pues, tal vez, sin darnos cuenta nos estamos convirtiendo en auténticos monstruos.

Un principio

Nos convertimos en aquello que adoramos.


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